
Si hace décadas los productos que nos hacía delirar y perder el sueño, venían de Estados Unidos de América, ahora llegan de la China Imperial. Mike Pompeo, la mano siniestra de Trump, apresurado cogió sus maletas y vino a nuestro país a advertir del riesgo de ser invadidos por productos de la milenaria China. “Caerán al infierno del budismo y hasta el alma se les teñirá de amarillo” sentenció, mientras se persignaba. Quienes saben más del tema, aseguran que amenazó con invadirnos, si nos dejamos seducir. Como es hombre de reconocida verborrea incapaz contener, agregó: “Esto sería un caso de flagrante infidelidad conyugal y no lo vamos a tolerar”, le habría dicho al jefe en la pista central del circo de La Moneda. Ahí se reunieron en presencia del equilibrista Ampuero, del faquir Chadwick —todos lo daban por muerto, pero sigue vivo— del mapuche Ubilla y del coro polifónico del Congreso de Valparaíso, que cantaba el Aleluya de Händel.
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