El empate inmoral es cosa de vida o muerte para la mantención de república plutocrática. Si nos remontamos al período parlamentario (1891-1925), los empates entre las castas que se disputaban el poder constituían la base del sistema política: Federico Errázuriz Echaurren empató con Vicente Reyes en la elección presidencial de 1896, que sólo se logró dirimir por la compra de dos electores de provincia, además del voto de los familiares de Federico Errázuriz, que conformaban una verdadera bancada parlamentaria – como hoy los Walker Prieto -; en 1920, el empate se repitió entre Arturo Alessandri y Luis Barros Borgoño, que fue resuelto por un llamado “tribunal de honor” – hay personas que se sorprenden, hoy en pleno siglo XXI, por el hecho de que los cargos serían propiedad de las personas y no de la soberanía popular, como es el caso reciente del señor Sebastián Dávalos, que renuncia cuando él lo decide y, aún más grave, el de los senadores von Baer, Moreira y el de el diputado Silva, que se niegan a renunciar a sabiendas de que su actuar limita con el delito -.
Leer más