
A don Carlos A. Délano y a don Carlos E. Lavín, la justicia los obligó a asistir al parvulario a un cursillo de ética, por haber transgredido los principios empresariales. Durante 33 semanas, equivalente a 100 horas, deben acudir a clases. Apresurados sus papás cancelaron la matrícula y el curso por un año, desembolsando 33 millones. Después, les compraron uniformes a rayas, zapatitos de charol y bolsones de cuero, donde los chiquilines deben llevar cuadernos, lápices, tijeritas para las clases de bordado, goma arábiga destinada a trabajos manuales, una manzana para la inspectora, sacapuntas y el catecismo. Nada de privilegios dirigidos hacia los niñitos en edad de hacer la primera comunión. Concurrirán al colegio caminando, porque si los lleva la mamá en auto, va a constituir una franquicia, que el colegio no tolerará. El director del establecimiento se apresuró en comunicar a los apoderados, el carácter de sobriedad del establecimiento, donde también aceptan a niños de las poblaciones de las comunas vecinas.
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