
A quienes me leen, pido disculpas por esta crónica disparatada, donde se juega con la ambigüedad. A quienes no me leen, los invito a hacerlo, convencido de ganar su aprecio. Bien es sabido que el candidato a la prescindencia para gobernar a Chile, por reputación y doctrina, se llamaba Augusto Pinochet. Sí, el mismo que juraba lealtad al presidente Allende. Cuando aceptó serlo, más bien impuesto por oligarquía, un corresponsal extranjero le habría preguntado, si era ateo. Pinochet, sin pensar demasiado en la respuesta, pues tenía respuestas para todo, reveló mientras se acomodaba los puños de la camisa: “¿Cómo voy a ser ateo, señor periodista, si soy Dios?”
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