Cierto gacetillero que escribe en El Mercurio, empieza a sufrir alucinaciones a donde concurre. Oficia de profesor universitario, cuyas crónicas se deslizan entre gastadas metáforas, abuso de adjetivaciones y adverbios de ociosa eficacia. Cree ser escritor a quien persiguen por opinar. ¿Ha empezado a ver rinocerontes en su facultad o enanitos verdes colgados de los naranjos de la Moneda? Pueden ser fantasías, temblores, fiebre, propios de quien sufre una enfermedad de compleja cura. Ahora cree ver muertos en todas partes, lo cual sería normal si fuese sepulturero de una necrópolis. Quizá tuvo vocación de serlo a partir de septiembre de 1973, cuando había que asesinar y hacer desaparecer a los adversarios a la dictadura, sin embargo, no prosperó su aptitud. Se dedicó a otros menesteres, donde se brilla al amparo del poder. Sabe dominar las situaciones, en las cuales impera el servilismo y se debe tener espalda de bisagra, bien lubricada. Aspira acallar la opinión de sus adversarios, a golpes de autoridad, jamás mediante el diálogo, pues privilegia el monólogo.
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