Los años 70 del siglo pasado fueron convulsos. Chile cerraba la vía pacífica al socialismo. Un golpe de Estado daba al traste con la experiencia democrática encabezada por Salvador Allende. Las burguesías latinoamericanas no aceptaban su derrota electoral. La vía insurreccional, triunfante en Cuba, subsistía bajo la amenaza de Estados Unidos, el bloqueo económico y el boicot internacional. En medio de una sensación de pesimismo, una región plagada de intervenciones, tiranos y golpes de Estado entraba en el escenario: Centroamérica. Con la excepción de Costa Rica; Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua sufrían los embates de las fuerzas armadas, las invasiones o el control de su territorio, como lo era la zona del canal de Panamá. Pero sucedió lo impensado. Nicaragua torció la historia: una de las tiranías más longevas del continente, los Somoza, entró en crisis. El pueblo entero se amotinó, las armas volvieron a marcar el ritmo de los procesos democráticos. El Frente Sandinista de Liberación Nacional, creado en 1961, tomó el nombre del héroe nacional, que resistió entre 1927-1933 el gobierno cipayo de Adolfo Diaz y la invasión de los marines estadunidenses. Augusto César Sandino infringió una dura derrota a las tropas de Estados Unidos. Un año más tarde, el 21 de febrero de 1934, fue asesinado a traición, cumpliendo la orden del director de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza García.
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