Se instaló el miedo en nuestra sociedad. Cualquiera lo hubiese adivinado, menos los borregos. Desde marzo la cofradía de los lobos inició su temporada de caza mayor, que se va a extender por cuatro años. De no alcanzan a cumplir su objetivo, podríamos quedar a su merced por ocho o más años. Si salen los niños a jugar al bosque —o si usted prefiere a la calle— corren el riesgo de ser atacados por lobos. La historia de Caperucita Roja nos ilustra del latente peligro y obliga a advertir a la familia, que debe cuidarlos. Prohibirles ir al bosque. Si los querubines encuentran ahí un borrego, no quien se somete en forma dócil y servil a la voluntad de otros, no corren peligro. El borrego —no el burro— se caracteriza por su mansedumbre, ingenuidad, disposición a ser trasquilado. Faenado al cabo de unos años y concluir en la parrilla del asado familiar. Si logra subsistir al espíritu depredador de los lobos, puede convertirse en reproductor, a veces con derecho a voto. De esta situación se aprovecha el lobo o vendedor de indulgencias, que le susurra al oído: “Mira borrego. Si no me apoyas en mi labor de depredar los gallineros y el país hasta sus cimientos, tu vida se convertirá en infierno, igual a esos paisitos del Caribe”.
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