
A veces uno no sabe si algunas cosas es mejor tomarlas con humor, antes de hacerse mala sangre. Como espero que en las filas del Partido Socialista el humor no se haya perdido–como algunas otras cosas que ciertamente se echan de menos en la vieja colectividad de Grove, Allende y Almeyda–no puedo menos que lanzar estas pocas observaciones, luego de un accidentado periplo por las laberínticas instancias burocráticas de esa organización, todo ello porque, habida cuenta de que viajaba de vacaciones a mi país de origen, como suelo hacer en esta época para escapar los rigores del invierno canadiense, mis camaradas de partido en Montreal me habían designado, junto a otro compañero, como delegado al XXX Congreso del Partido Socialista realizado en Santiago este pasado viernes y sábado.
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