
Sabemos que en Chile reina una monarquía absoluta y los ciudadanos creen que los jefes de Estado descienden de Dios. A mediados de su mandato los zarandean con un 30% de apoyo, para aumentarlo, al final, entre un 50% y un 80%. ¡Atrévase a decir que Chile ha tenido presidentes corruptos! Seguro que lo gritonean y lo tratan de pésimo historiador. ¿Acaso, Juan Luis Sanfuentes, (1915-1920), no era un pillín de siete suelas, o Augusto Pinochet, “un probo e inmaculado angelito”? José Joaquín Prieto – el primer presidente de los decenios – por su parte, era un milico tarado y criminal, y a algunos historiadores de derecha les encanta decir que el ministro Diego Portales era de tal honradez que carecía de dinero para comprar rapé, cuando en la realidad, era un mercachifles que, incluso, arruinó el país con el estanco tabaco. También hay que hacer justicia a algunos presidentes que no hicieron negocios no se enriquecieron a costa del fisco – Aníbal Pinto, Pedro Aguirre Cerda, Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende y muchos otros -.
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