
La docilidad de los santiaguinos frente a los abusos reiterados del transporte público de nuestra capital, herencia de Ricardo Lagos Escobar, demuestra la actitud de rebaño de la ciudadanía que habita en Santiago de Chile. Los usuarios capitalinos sufren día a día –sin protestar mayormente- la tragedia de la falta de frecuencia en los recorridos del Transantiago, el atochamiento en los paraderos y la incomodidad de viajar en buses, no mal diseñados, sino que diseñados, adrede así, para transportar la mayor cantidad de personas, lo mismo que hacen los camiones para ganado. Es decir, diseñados sólo con intenciones comerciales y siniestras, donde cada pasajero es despojado de su dignidad y derechos. Más encima deben pagar un pasaje carísimo por su martirio. Por otro lado, está la actitud del noventa y nueve por ciento de los empresarios microbuseros y de los choferes, seres desvergonzados e incultos que nos recuerdan la soberbia miserable de patrones de fundo estilo Carlos Larraín Peña.
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