Que los parlamentarios tengan un patrimonio tan abultado – 60 mil millones de pesos – y que algunos de ellos sean millonarios, no nos debe extrañar: nuestros legisladores son plutócratas y, tal como en la época parlamentaria, han comprado sus curules, y según Alberto Edwards, cada uno tenía su valor, es decir, ostentar el título de parlamentario era equivalente a conde, marqués o duque. Que la política esté podrida y los políticos se vendan al mejor postor, no es sólo culpa de ellos, sino también de los empresarios que los compran a cambio de leyes que los favorezcan, como también de los electores, que los votan con los ojos cerrados.
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