Cualquier caracterización del nuevo presidente de Brasil resulta imprecisa, o llanamente eufemística, si se omite el adjetivo fascista. Su abierta admiración por los regímenes militares, su absoluto desprecio por la verdad o la evidencia científica, su uso de proclamas y símbolos religiosos en agresiva sustitución de los derechos humanos y las formas institucionales, su táctica de generar consenso en torno a su figura mediante la exacerbación del odio y la xenofobia, así como otros efectivos e inescrupulosos métodos de manipulación de las masas de los que echa mano, hacen de Jair Messias Bolsonaro la encarnación contemporánea del flagelo que en la primera mitad del siglo pasado llevó a la mayor catástrofe humana de la historia.
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