La muerte de don Andrés Aylwin ocurre en un momento altamente sensible para el país. La ciudadanía había sido golpeada por dos hechos, la libertad condicional otorgada por la Corte Suprema a condenados por crímenes de lesa humanidad y por las insolentes e indolentes declaraciones del ahora exministro de las Culturas, Mauricio Rojas, sobre el Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos. Ambas situaciones abrieron y agitaron la controversia sobre la existencia de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura, sus culpables, las responsabilidades políticas, de los contextos históricos presentes o ausentes, etcétera. Declaraciones destempladas, por parte de los sectores oficialistas, se multiplicaron y fueron rematadas por la paradójica idea del presidente Piñera de levantar y construir un Museo de la Democracia como una forma de zanjar aparentemente el sesgo político e histórico del Museo de la Memoria. En dicho contexto un “hombre bueno” nos abandona. Tal vez, consciente de que su lucha de más de 40 años por los derechos humanos había sido como “arar en el mar”, nos deja aún con tareas por hacer en dicha materia. De manera que, lamentable, la lucha por los derechos humanos, la justicia, la verdad y la reparación ha perdido a uno de sus más genuinos representantes. No obstante, la presencia de Don Andrés Aylwin, seguirá viva y, sobre todo, su quijotesca figura seguirá guiando la lucha por la justicia y los derechos humanos.
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