Si uno observa atentamente el escudo del Estado Plurinacional de Bolivia, verá en el fondo de su óvalo una montaña. Pero no cualquier montaña: es el Sumaj Orcko, cerro magnífico, lugar sagrado para quienes habitaban en su vecindad. Hacia mitad del siglo XVI llegarían al lugar los conquistadores y el cerro cambiaría de nombre y de función, pasando a llamarse Cerro Rico. A su vera crecería Potosí, una de las ciudades más populosas y ricas de aquel mundo. El enorme flujo de plata extraído del cerro adornaba y proveía la platería de cientos de iglesias y las mesas señoriales de los que concurrían a ellas. Pero sobre todo -cuenta Galeano en sus “Venas abiertas”- financiaba las deudas de la Corona española con banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles. Deudas que costeaban nuevas guerras, nuevas conquistas, nuevas muertes. Hay cosas que permanecen, según parece.
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