
¿De qué otra forma se puede entender esa suerte de oxímoron denominada oposición colaborativa que ha asumido el Frente Amplio, si no como una postura laxa, colmada de ambages y contradicciones? Ser una oposición colaborativa ante un eventual gobierno de Alejandro Guillier –según ha planteado ese conglomerado– huele a asumir una actitud pusilánime, una apuesta tibia y simplona que no sirve para nada. No apoyan ni rechazan de manera explícita la opción del senador; están contra Piñera, pero no llaman a votar por el candidato de Fuerza de la Mayoría. Si gana la derecha, aseguran que serán una férrea oposición, y si el elegido es Guillier, sostienen que serán una oposición colaborativa. Es decir, a Piñera le pondrán todos los palos en el camino y le negarán la sal y el agua a cada una de sus iniciativas en el Congreso; en tanto, a su adversario, le pondrían la mitad de los palos y en algunos casos evaluarían sacar unos pocos, pero de que habría palos, los habría. Algo así como un fuego amigui.
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