A inicios de 2016 ningún analista hubiera podido imaginar al comité central del PS rechazando la candidatura presidencial de Ricardo Lagos. En ese momento ya había constituido su comité de campaña en la Fundación Democracia y Progreso, generando una densa trama de relaciones políticas, que pasando por la DC, el PR, el PPD y el PS, mantenía una privilegiada interlocución con los grandes grupos empresariales del país. En ese instante su candidatura se estimaba inevitable, ya que lograba articular transversalmente a los más poderosos líderes de la vieja Concertación, y además, se sostenía en el argumento de la inexistencia de un candidato alternativo. El “plan Lagos” presuponía lograr su proclamación por la vía del acuerdo cupular, evitando las primarias. Los grandes barones de la DC estaban totalmente dispuestos a apoyarlo, y renunciar a una precandidatura propia, bajo la condición que el PDD y el PS aceptaran su candidatura. Este fue el principal error de toda su campaña. Incluso Lagos concluyó su candidatura afirmando alarmado: “He visto cómo se propaga el recelo hacia los grupos dirigentes”, añorando los tiempos en que los “grupos dirigidos” aceptaban sin crítica las decisiones de sus “líderes” incontestables.
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