
El tiempo histórico no se agota en un instante. El movimiento de las fuerzas políticas y los movimientos sociales es discontinuo. Sus avances y retrocesos configuran su historia y definen su quehacer. El cambio social no sigue la trayectoria lineal del progreso. Su ir y venir puede retrotraernos a los tiempos de las cavernas o situarnos en el camino de la emancipación política. Romper las barreras del pensamiento colonial no es camino fácil. Los golpes de Estado, en su versión tradicional, represión sin límites y las fuerzas armadas en el papel protagonista, ceden el paso a una elaborada estrategia, sin tanta parafernalia, con los militares en un segundo plano, donde el conglomerado de empresas trasnacionales y los aliados locales obligan a gobiernos a cambiar el rumbo, bajo amenazas de quitarles el pan y el agua, si no cumplen con sus designios. Por consiguiente, en cualquiera de sus versiones, los golpes de mano han sido y son el recurso habitual de nuestra derecha política y social para bloquear las alternativas populares, socialistas y anticapitalistas emergentes. Sobran los ejemplos para corroborar que no se trata de hechos aislados, sino de una constante. Entre los siglos XIX y XXI, tiempo trascurrido desde la proclamación de la independencia, su número supera los 2 mil, sin contar asonadas, conspiraciones e invasiones extranjeras.
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