El enriquecimiento ilícito, la codicia y la soberbia desde siempre han caracterizado a los poderosos empresarios y multimillonarios de Chile. Las excepciones a la regla son demasiado fortuitas y no logran desmentir esta patética realidad. Las grandes organizaciones patronales no son más que meros cenáculos para el conciliábulo de los delincuentes de cuello y corbata, como el país bien los identifica. Entidades donde se concertan para su defensa corporativa, para apoyarse en su común voluntad de burlar las disposiciones tributarias; para escatimarle a los trabajadores el salario justo y sus derechos sindicales; sobornar a los políticos y jueces de turno, cuanto perpetuar ese rimbombante “estado de derecho” que, al menos en Chile, no es más que la Constitución y las leyes que les dictó la Dictadura para garantizarles sus insultantes privilegios.
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