
Sombras nucleares: con este eufemismo los científicos denominaron los vestigios de cuerpos humanos situados a menos de 200 metros del epicentro. Sólo sombras. La desintegración fue inmediata. El destello de luz y calor generado por la liberación de la energía atómica alcanzó 4 mil grados centígrados, con vientos de mil kilómetros por hora. A medida que la onda expansiva cubría las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, las casas y edificios explotaban y ardían; el resto de construcciones vio fundir metales como acero, hierro, cobre, latón, etcétera. Por primera vez la población civil era el objetivo de la fuerza desatada por la fisión nuclear. Entre las ruinas de Hiroshima se contabilizaron 70 mil muertos; otras tantas personas sufrirían quemaduras a consecuencia de la radiactividad. En medio de la desesperación, los sobrevivientes tampoco pudieron acudir a los centros médicos; según los datos, en Hiroshima existían 45 hospitales, tres quedaron operativos. En los años posteriores se calcula que en Nagasaki las víctimas superaron las 80 mil personas.
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