
En lo único que el mundo no cambia es en la cotidianeidad de la guerra. Las frías, calientes, solapadas, encubiertas, impunes, civiles, colonialistas o descolonizadoras. Como sean, nos reiteran sistemáticamente la visión de poderosos aniquilando a países más débiles y a los más pobres dentro de cada país, sea vencedor o vencido. En África y América Latina los colonizadores nos quitaban las tierras y nos obligaban a trabajarlas. En El Sueño del Celta, Vargas Llosa, nos detalla las atrocidades que los civilizadores infligían a los indígenas para lograrlo, cortándoles los genitales y dejándolos colgados vivos para escarmiento de los que se rebelaran. Luego nos agotamos viendo a los norteamericanos “defender la libertad” masacrando niños en Corea, Vietnam, Grenada, República Dominicana, Nicaragua. Más tarde, ya el mundo sabe que con diversos pretextos se interviene y asesina por el petróleo, el coltan, los diamantes. Ya estamos acostumbrados a escucharlo y casi han logrado insensibilizarnos. Reaccionamos solo cuando vemos una foto demasiado cruda de niños heridos o muertos. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con derecho a veto, las determinan y por algo son los que además producen el armamento de guerra en el mundo: China, Francia, Rusia, Gran Bretaña y EEUU.
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