Desde el 11 de septiembre de 1973 Chile dejó de ser una república para convertirse en un almacén: todo se compra y se vende, todo tiene un precio. Es cierto que el espíritu de almacenero nos viene de los vascos, que llegaron a Chile en el siglo XVIII, “virtud” que se ha prolongado hasta nuestros días. Nuestros aristócratas compraban los títulos de nobleza en la península para ostentar esos escudos en sus casas solariegas. Nuestra primera autoridad fue, nada menos, que don Mateo de Toro y Zambrano, Conde de la conquista; de ahí para adelante el deporte de comprar títulos se fue haciendo común. El novelesco “Cuevitas” se compró el de Marqués con el dinero de su mujer, la hija de Rockefeller; el conservador Manuel José Yrarrázabal era el marqués de Pica, dueño de la provincia de Petorca. Santiago Arcos se reía de la aristocracia sosteniendo que cada uno de sus miembros poseía su propio feudo. Cuando se aburrieron de comprar títulos de nobleza se dedicaron a alquilar y sortear títulos de senadores y de diputados.
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