
Nuestra época no es la del fin de las ideologías, sino del renacimiento de aquellas que encuentran eco en la experiencia presente. Tal es el caso del anarquismo, dado por muerto y enterrado por sus numerosos sepultureros y que, bajo nuevas formas y expresiones, parece gozar de excelente salud en los movimientos sociales que brotan por doquier desde las profundidades de la resistencia a un desorden global cada vez mas destructivo.


Cada año, durante el mes de enero, la hermosa Ciudad Amurallada se convierte en un escenario de lujo que reúne a los más grandes exponentes de letras plasmadas en literatura, cine, periodismo, música y arte.




Hace cuatro años recibí el llamado de un amigo para pedir mi adhesión a la candidatura de Juan Manuel Santos. Le manifesté que no era posible porque mi voto era para Mockus y pensaba que el país necesitaba abandonar la retórica de la guerra y la venganza. Santos representaba para mí la continuidad de un discurso energúmeno y polarizador, al contrario de las propuestas mockusianas, que apelaban a los símbolos, a la resistencia pacífica y a la educación.
