Recuerdo nítidamente aquel lunes 1° de abril de 1968, el día de sol otoñal en que conocí a Diana Arón Svigilsky. Éramos una alegre mancha juvenil, arribando por primera vez a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, situada en San Isidro 562, una vieja casona, que alguna vez debió albergar alguna escuela de iglesia, con corredores, patio, capilla, biblioteca y campana… a cargo de la buena de doña Brígida, la portera. Era, por primera vez, también, que muchachos de clase media, venidos de liceos públicos, muchos de nosotros provincianos, convivíamos en la Universidad Católica de Chile con niñitas del barrio alto, provenientes de colegios como el Villa María Academy u otros, `pelolais´ que dirían los jóvenes de hoy. Esa amalgama extraña y provocadora tenía una razón de ser.
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