El triunfo presidencial de Sebastián Piñera resultó fundamentalmente de un voto de protesta en contra de quienes gobernaron casi dos décadas, más que de la consistencia de su candidatura y el fervor popular. Su promesa de un cambio nunca fue convincente si se considera que ideológicamente ya eran muy imperceptibles las diferencias reales entre quienes nos gobernaban y quienes moran hoy en La Moneda. El actual jefe de estado nunca tuvo la plena adhesión de la centroderecha, sector que lo visualizaba como un advenedizo y no le perdonaba su pasado democratacristiano, así como sus frustrados coqueteos con la Concertación para asegurarse un cupo senatorial. Por lo que optó, finalmente, integrarse a Renovación Nacional para adquirir un rápido liderazgo y llegar al Parlamento, aunque para ello tuviera que desplazar con fiereza a su compañero de lista, Hermógenes Pérez de Arce. Un derechista de tomo y lomo que hasta hoy resiente la millonaria campaña de Piñera y sus codazos para arrebatarle los votos del sector.
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