En meses se adelantó la temporada del circo en nuestro país. Desde marzo se instaló en la Moneda. La niñez, amiga de payasos, acróbatas, del ilusionista, del hombre bala y la señora adiestradora de perritos, vive desde entonces, encantada con la noticia. Respira en el aire la aparición del circo. Septiembre, por tradición, era el mes de alegría con el arribo de la primavera y la presencia de los payasos, que marchaban por las calles, desde luego, vestidos de payasos. Hacían sonar pitos, cornetas y el bombo, mientras bellas funámbulas como la luna, realizaban contorsiones. Llegaba la alegría y el colorido inundaba el entorno. En algún momento de nuestra vida, hemos asistido a estos circos pobres, cuya autenticidad conmueve. Espectáculos plasmados de sabor, picardía, belleza plástica, ajena a la orquestada falsedad.
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