La grotesca escena no tuvo igual. El sitio escogido para arrojar la amenaza fue la misma sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York. Sólo un personaje de mayúscula incoherencia e irracional torpeza como Donald Trump fue capaz de llegar a ella para lanzar, sin tapujo alguno, sin rastros de humanidad, el grito salvaje: ¡Destruiremos Corea del Norte! No es un campo minado, no. Tampoco un páramo desolado, una plaga incontinente o un lejano asteroide. ¡No! Es un país habitado por millones de seres vivos, laboriosos, disciplinados, padres, madres, hijos y ancestros esparcidos por una tierra lejana. Lo hizo, con toda su estrafalaria facha a cuestas, pero con la investidura de presidente de Estados Unidos.
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