
De no haber gatos, razona el profesor Sócrates Babel, los ratones dejarían de ser ratones. Hipótesis algo descabellada, pero en boca de quien sabe sobre la materia, resulta un acertijo. Como decir, que si no existieran los marrulleros, la vida sería un deleite. Si no lloviera, la tierra se convertiría en un desierto, podría alegar un detractor de su hipótesis. “Así es —razona Sócrates Babel— pero el desierto es la negación de la vida, no así los ratones”. A los ratones a través de la historia —insiste Sócrates Babel— se les ha perseguido de manera obstinada, cruel, sin darles tregua, de ahí su espíritu para sobrevivir. Otros hablan de la cadena de la naturaleza, donde unos se engullen a otros. “Al ser humano se lo van a comer los gusanos, después de morir”, fundamenta sentencioso Sócrates Babel y su análisis se ajusta a la realidad. “Ahora —agrega— si los ratones descubren que a ellos nadie se los quiere comer, van a disminuir sus preocupaciones de ser depredados. Ya no serán una plaga; no se esconderán en guaridas y su vida va a cambiar.
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