
Con el escándalo político del Watergate en Estados Unidos en la década de los setenta, el sufijo -gate se ha convertido en sinónimo de escándalos políticos en cualquier lugar del mundo. El 9 de agosto de 1974, el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, presentó su dimisión porque al descubrirse su encubrimiento de los documentos robados en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata, sabía que empezaría su impeachment (enjuiciamiento político, proceso de destitución), previsto en la Sección 4 de la Enmienda XXV de la Constitución. En ese caso se demostraron los crímenes cometidos por Nixon. Sin embargo, en el caso del Rusiagate, como señala Barbara Boyd en el expediente Robert Mueller Is an Amoral Legal Assassin: He Will Do His Job if You Let Him [Robert Mueller es un asesino judicial amoral: Hará su trabajo si se le deja], tanto James Clapper, director de los servicios de inteligencia nacional (DNI), como James Comey, exdirector de la CIA, “han declarado que hasta la fecha el presidente [Trump] no ha cometido ningún crimen”.

Miles de personas marcharon en Perú en rechazo al indulto otorgado por el presidente Pedro Pablo Kuczynski al exmandatario Alberto Fujimori, en la mayor protesta contra ambos líderes desde que se anunció el polémico perdón en la víspera de Navidad.
A propósito de los resultados de la segunda vuelta presidencial de ha conocido variados análisis y comentarios que intentan explicar el triunfo de la Derecha con Piñera y la derrota de la Izquierda con Guillier. Hay para todos los gustos y en la mayoría de los casos se registra, afortunadamente, una fuerte autocrítica que, en algunos casos, llega incluso a la exigencia o autoexigencia de revisión completa de la estructura y orientación de algunos de los partidos políticos de la llamada “centroizquierda”. Se ha llegado a hablar de requisitos “académicos” para integrarlos (¿?)
Entre tantos sucesos negativos desde que Trump asumió la presidencia del Imperio, como la guerra contra los inmigrantes o echarle fuego al conflicto de Medio Oriente, la mejor noticia internacional del año a mi juicio ha sido la desmovilización de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, la guerrilla más antigua del mundo y de Latinoamérica, y su regreso a la vida civil convertida en un partido político. 
Vengo escribiendo que uno de los desarrollos políticos más fatales de los últimos cien años ha sido la separación e incluso contradicción entre revolución y democracia como dos paradigmas de transformación social. He afirmado que este hecho es, en parte, responsable de la situación de impasse en la que nos encontramos. Mientras que a principios del siglo XX disponíamos de dos paradigmas de transformación social y los conflictos entre ellos eran intensos, hoy, a comienzos del siglo XXI, no disponemos de ninguno de ellos. La revolución no está en la agenda política y la democracia ha perdido todo el impulso reformista que tenía, habiéndose transformado en un arma del imperialismo y estando secuestrada en muchos países por antidemócratas.