“Lávese las manos m’hijito que la plata es sucia” le decían a uno cuando era cabro chico y había manipulado alguno de esos ajados billetes de entonces. Por eso, muchos años más tarde, me llamó la atención que, viviendo en Edmonton, en un comercio de comidas donde vendían hotdogs la niña que los preparaba, fuera ella misma quien luego recibiera el dinero. Comentándolo en una de esas tertulias en la casa de un amigo en la 107 Street, otro habitué de esas juntas en esos primeros años de exilio, el cineasta Jorge Montesi que entonces vivía en esa ciudad, comentó en sorna: “es que a lo mejor no es verdad que los billetes sean sucios y todo es un complot de los ricos que así le dicen a los pobres ‘por el bien de su salud mejor no tengan dinero en sus manos’”.
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