La hipocresía, es decir, el homenaje que el vicio rinde a la virtud, ha caracterizado a la oligarquía chilena desde la república parlamentaria hasta nuestros días. Hacer negocios desde el parlamento, lejos de ser una irregularidad, ha sido una tarea cotidiana, un deber personal de cada congresista y, desde luego, un servicio “de honor” a quienes financiaban su campaña. Por otra parte, los electores recibían su “justo premio”, representado en la mitad de un billete, de un zapato o de media empanada sin vino tinto.
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