Ningún jefe de Estado se ha visto acompañado del prejuicio positivo del que ha gozado Emmanuel Macron, joven brillante y culto. De su valor en lo demás es él mismo el primero en estar persuadido: frente al viejo Hollande que reivindicaba ser “un presidente normal”, en polémica con el frenético predecesor suyo [Sarkozy], Macron ha declarado querer restituir sacralidad a la función y ha reivindicado, no el ejemplo de Charles De Gaulle, ni siquiera de algún otro monarca importante de la Historia anterior a la Primera República, sino incluso el de un dios, es más, el primero de los dioses. Júpiter.
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