El dictador Pinochet decía al Mercurio el 24 de abril de 1987 que: “Nación es tratar de hacer de Chile un país de propietarios y no de proletarios”. La frase es menos ingenua de lo que uno cree. Resume muy bien el clima de una época, aquella de los “jaguares”, de esas excelentes tasas de crecimiento, de la reducción de la pobreza, del buen posicionamiento de Chile en el ranking de competitividad, etc. La promesa era la recompensa económica. El camino, el esfuerzo individual. Pinochet compendia en ella, lo que a Thatcher le permitió durante su gobierno, derrotar al movimiento minero del Reino Unido. Independiente si uno copió a otro, la propuesta era la famosa meritocracia, aquella donde el que se esfuerza obtiene lo suyo (acordémonos que la justicia es “dar a cada cual lo suyo”). El rico no tiene reproche posible, pues absolutamente todo lo que tiene es bien habido, producto de su esfuerzo, y el pobre lo es, por falta de empeño. Elimina así la solidaridad, que pasa a ser un sentimiento tribal según Hayek, y así la pobreza pasa a ser una experiencia individual de fracaso. Una versión más amable de aquello, podría ser –hoy- el discurso sobre igualdad de oportunidades, que centra las culpas en el Estado.
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