El proceso electoral ecuatoriano ocurre en un momento particular: el mundo está cambiando, desordenándose, poniendo en entredicho su diseño multipolar, porque empieza a esbozarse otro, bipolar, bicéfalo y esquizofrénico, con la innegable presencia referencial de Pekín en paralelo a Washington; el libre comercio, mágica fórmula de la hiperglobalización, se pone a prueba con las políticas ultraproteccionistas del modelo Trump y con los esquemas aggiornados de la exclusividad neoliberal regresiva en algunos países latinoamericanos; los efectos del cambio climático son devastadores y la voracidad del capitalismo no quiere hacerse responsable de sus causas y menos de sus soluciones; la inseguridad y la violencia rondan las cotidianidades, y los Estados Unidos condicionan su apoyo a la OTAN a cambio de una mayor inversión de los países en gastos militares bajo el justificativo de la “defensa común”, en un mundo que se lo está haciendo peligroso; y las construcciones de murallas son en realidad tendidos xenofóbicos que pretenden coartar la circulación humana y encerrar las economías, las culturas, las sociedades y las políticas en sí mismas. ¿Dónde queda el mundo multipolar abierto a todas las relaciones posibles en el planeta?
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