“Si hay que resumir la esencia del golpe, se trata de una dictadura del capital sobre el trabajo. La ruptura de la democracia se da porque, en democracia, los trabajadores y sus organizaciones tienen mejores condiciones de defenderse, de luchar por sus derechos, de garantizar sus intereses”, señala Emir Sader al referirse al golpe parlamentario que culminó con la destitución de la presidenta Dilma Rousseff en Brasil[1].






Tal parece que cierto sector de la prensa estadounidense observa la realidad a través de un cristal empañado y así se la trasmite a su población en un intento por hacerle creer que lo rojo es verde. El tema Cuba es un diáfano ejemplo.
El gobierno de Chile está participando activamente en la campaña internacional que intenta derrocar al gobierno democrático de Venezuela. La operación, desde luego, la dirige la Casa Blanca y en ella participa incluso el Pentágono. El encargado de implementarla en Chile es el canciller Heraldo Muñoz, que cumple su misión con singular dedicación. Ciertamente no podría actuar de ese modo si no contara con el visto bueno de la presidenta Michelle Bachelet, responsable de la conducción de la política exterior del país. Apoyan la política injerencista de Chile los partidos que se identifican con la oposición golpista venezolana, entre los cuales destacan la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.