Durante años ha sido característica de la política en ese país su fragilidad estructural y volatilidad emocional. Ambos partidos, Demócrata y Republicano, notorios por su habitual demagogia, la falta de democracia en su funcionamiento interno y por operar en un marco de confusas y manipuladas reglas electorales, conducen sus campañas en torno a cuestiones de imagen, sobre la última pifia de sus contrarios, o escarbando acerca de escándalos sin sentido que les permiten mantener lejos de la atención ciudadana el debate central de las políticas gruesas o aquello que pueda amenazarles su control oligárquico. El nivel del debate, cuando lo hay, es banal y lleno de bajezas.
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