El Brexit evidenció la fractura del Reino Unido entre sus elites y sus sectores laborales de menores recursos, entre Londres y la provincia, entre los jóvenes y los viejos, entre su población educada y sin educación, entre Inglaterra y la periferia celta de Escocia e Irlanda del Norte. Ello dentro del marco de la polarización entre un país volcado hacia Europa, el mundo y la globalización y otro volcado sobre sí mismo que teme a la mano de obra extranjera, al desfase de su identidad y a la erosión de su accionar independiente. Se trató de un nuevo episodio de la confrontación entre la aldea global y la pequeña aldea, en el cual la última triunfó. Las consecuencias de ello serán profundas y variadas. En esencia estas deben ser vistas desde la doble perspectiva del Reino Unido y del exterior.
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