El Papa actual no será parecido a León XIII – autor de la Encíclica Rerum Novarum (acerca de las Cosas Nuevas) -: la doctrina social de la Iglesia tiene poco espacio, una vez derrumbada la Democracia Cristiana en el mundo y la trascendencia de pensadores cristianos y conversos que, en el siglo XX, fueron fundamentales. En estos tiempos es impensable la existencia de un Péguy, un Bernanos o un Mounier, tampoco guardará similitud con Juan XXIII, “el Papa bueno”, a pesar de gestos de humildad y opción por los pobres, que podrían engañarnos a simple vista, ni posee el peso político de Pablo VI – un democratacristiano progresista, de tomo y lomo -; aunque puede tener algo de la extrema ortodoxia de Benedicto XVI, no es un intelectual puro y nato como lo es el primero. El recién electo Papa, si bien opta por los pobres y redacta – con cierta claridad los Acuerdos de Aparecida – de la CELAM – su actuar, hasta ahora, ha tenido poco que ver con las teologías de liberación en América Latina. Es Jesuita, lo que haría suponer un pensamiento y acción bastante progresistas, sin embargo, es un conservador dentro de la Orden.
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