Este es el relato de lo que viví durante más de un mes en el sistema de salud pública, en la sala San Daniel del Hospital del Salvador. Es una suerte de diario de vida que no hubiera deseado escribir, ni menos publicar, pero me obligo por mí y por muchísimas otras personas. En la discusión de la crisis global de la salud pública, esas personas no tienen voz. Algunas la han perdido antes de entrar al hospital, otras tienen miedo de rebelarse porque quizás tendrán que volver, y las terceras, simplemente no tienen fuerzas: “Somos pobres, nos botan aquí, no podemos hacer nada”, es la primera confidencia que recibo.
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