La gran tragedia de los refugiados en Europa nos retrotrae a escenarios que el mundo no vivía desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y nos plantea, como entonces, dilemas políticos y morales que no pueden eludirse. Las cifras son terribles: casi la mitad de la población siria se ha desplazado dentro y fuera de sus ahora imaginarias fronteras; cerca de 2 millones llegaron a Turquía, unos 1.2 millones a Líbano, otros 650 mil se refugiaron en Jordania, 250 mil en Irak, es decir, se ubicaron en países solidarios pero sin la capacidad necesaria para atender la magnitud del problema social, cultural y económico que se les plantea. Los sirios, por supuesto, no son los únicos protagonistas de esta grave crisis humanitaria, pues ésta tiene en las orillas mediterráneas de África una de las caras más injustas y dolorosas expresiones de la irracionalidad del mundo contemporáneo.
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