Hay un viejo chiste gallego que cuenta que un también viejo almacenero, de mal genio, todas las relaciones con los demás las hacía sólo ¡por joder!, porque le gustaba joder la cachimba, como decimos en Chile, y joderlos a todos, a los que venían a comprar al almacén, a sus empleados, a sus vecinos, a sus familiares. Era tal su jodedumbre que, al final de su existencia, pidió, desde su última cama, comer algo de queso antes de entregar su alma al demonio. Cuando cortésmente le trajeron el queso pedido, simplemente lo rechazó de un tirón “porque lo que me trajiste no es queso, es jabón”, “lo que me habéis traído, en mi lecho de muerte, es jabón”. “¿Cómo va a ser jabón”, le retrucaron sus familiares y mozos, “Si lo hemos sacado del mismo aparador en que Ud. guarda el queso que vende…Es queso, señor, de los que Ud. prepara y pone en venta!” Porfiado como el que más, el almacenero no tomó bocado y volvió a la nada sin probar queso alguno, “que no lo es”, sabiendo que lo que se le ofrecía era precisamente queso y del bueno…Todo ¡cómo sería! por joder a los de casa, a los mozos, a los vecinos que habían llegado a compadecerse, a todos. ¡Por joder!
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