Poco tiempo nos falta para que los canales de TV pública comiencen a corear al unísono el himno de los niños lisiados sobre cuyas vidas hemos oído, leído y sabido tanto en revistas de lindos colores. Historias llenas de amor, templanza e iniciativa empresarial. La tele no puede esperar, no es posible perder el resplandeciente tiempo de la Teletón en conversaciones y francachelas absurdas. ¡Todos juntos a prender la tele, como hermanos miembros de una iglesia! Tan bonita que se ve la Tonkita toda vestidita de un popelín más blanco que el mismo blanco, y el Martincito todo rubio, como hecho de oro, un Adonis, y Don Francisco, más bueno y cumplidor que San Sebastián. Si no fuera por Don Francisco, no habría Teletón y, en cambio, ¿qué habría?, se pregunta un televidente. Es viernes y el show está a punto de empezar. En la olla del comedero se cuecen las vienesas para preparar unos ricos completos. A la reina de la casa le gusta agasajar a los suyos con algo delicioso porque el panorama lo amerita. ¡Ojalá este año lleguen a la meta! Comenta la sabelotodo, al tiempo que bate la mayonesa a dos tenedores. Los niños no están porque los bribones le cortan la mayonesa y para la Teletón absolutamente todo debe estar perfecto. ¡Hala, vamos!
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