La crisis generada por los asesinatos de jóvenes y la escalada bélica en Gaza generan dos preguntas esenciales para la política palestina: ¿Aguantará el Gobierno de unidad tanta presión? ¿Quedará tocada la figura del presidente Mahmud Abbas? El acuerdo entre las facciones palestinas del 23 de abril, que el 2 de junio cuajó en un Gabinete de tecnócratas que trata de llevar las riendas de Cisjordania y Gaza, ya se encontraba en una situación inestable antes del estallido de la violencia, arrastrando la complejidad de poner a trabajar juntos a quienes han estado mortalmente enfrentados en los siete últimos años y que afrontan retos de enorme dificultad, como el fin de la división geográfica de los palestinos y la integración de las milicias armadas en las fuerzas de seguridad. En el entorno del primer ministro, Rami Hamdala, se reconoce, pese al optimismo obligado, que ya sin conflicto es una “tarea titánica” convocar las prometidas elecciones dentro de cinco meses e hilvanar dos realidades distintas tras las viejas enemistades.
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