
Hasta el día de hoy pensaba que Kike Morandé era sólo un personaje de ficción, mencionado, entre los críticos de la televisión, como sinónimo de flaitería en la pantalla, una especie de paradigma de la vulgaridad. Pero debido a la polémica desatada por los dichos del cardenal Medina acerca de los homosexuales, y el apoyo del mentado Morandé a lo expresado por el purpurado, me he enterado de que el tal Kike Morandé existe de verdad. Busqué en Google para requerir mayor información y lo cierto es que los homosexuales y lesbianas de Chile no deberían preocuparse de tipos como este Morandé, que más que flaite es un desgraciado con mayúscula: pinochetista, por lo tanto cómplice de los atropellos a los derechos humanos, farandulero, hipócrita (igual que Medina), turbio, maraquero, etcétera; es decir, de lo peor de la ralea televisiva. Kikeños y Franciscos –para dicha del Señor-, en Chile son famosos varios, y cual de todos peor, pero insignificantes en la historia social ¿Alguien se acuerda de quién era el personaje más reaccionario y chanta, en tiempos de Víctor Hugo, en París? Nadie, pero todo el mundo tiene noticias de la obra literaria Los miserables. O sea, despejemos la cancha compañeros, los jotes a su redil.
Hollande fue elegido candidato presidencial en unas primarias, que lograron movilizar a la militancia, muy pasiva y decepcionada ante la derrota de Sigolene Royale frente a Nicolas Zarkozy, ocurrida en la segunda vuelta de 2007. El Presidente Sarkozy, aliado estratégico de Ángela Merkel, quería poner fin a la V República, pretendiendo fundar la VI, con poderes presidenciales casi imperiales – una especie de Napoleón III, el Pequeño – logrando un amplio rechazo de gran parte de los ciudadanos franceses. Hollande es la otra cara de la medalla: un funcionario del Partido Socialista, carente de carisma, pero que prometía poner fin a la política de austeridad anunciando profundas reformas que permitieran el crecimiento de economía.

Sigmund Freud sostiene que los recuerdos de infancia son perdurables y fundamentales para nuestra vida psíquica. El mundo de los niños está lleno de cuentos de animales, cuyas personalidades son mucho más claras que las humanas; ojalá saliera de ellos una especie de San Francisco, mezclado con un ecologista profundo. Al final, con el transcurrir de la vida, este gusto por las fábulas termina por perderse si no se alimenta permanentemente.




Nunca pensé que tendría que defender lo indefendible, aportarle argumentos a un apóstata, a un converso que de lustrarle las botas al “leninismo” pasó a arrodillarse ante el “guía espiritual” que lo trajo de regreso a la santa iglesia católica. Esa en la que –gracias a media docena de padres nuestros– es fácil obtener el perdón antes de seguir pecando.