
LA historia sucede en Dubái. 6 de marzo. Marte Dalelv es una arquitecta de 24 años. Trabaja para una empresa sueca que opera en los Emiratos. Los hechos se desarrollan tras una cena de negocios. El alcohol está prohibido en las teocracias de la zona. Pero no es complicado hacerse con él cuando uno tiene medios. En el curso de cena y sobremesa, el consumo etílico fue alto. Dalelv es acompañada, luego, por un colega hasta su hotel. Y allí, violada. Presenta denuncia en comisaría. La denunciante es sometida a un test de alcohol que da positivo. Ipso facto, pasa de víctima a delincuente: consumir alcohol sobre la tierra del Profeta es delito grave. Persevera en su denuncia. La culpabilidad crece. Tener contacto sexual fuera del matrimonio es otro delito, aún más grave, para una mujer: adulterio. ¿Que el contacto fue forzado? Nada cambia. Cuenta el acto. Del cual la protagonista es siempre responsable. Si además hubo consumo etílico, la causa está perdida. Marte Dalelv fue juzgada y condenada a un mes de prisión firme por haber bebido alcohol. Y a doce meses más por haber sido copulada por varón musulmán. La posibilidad de obtener una revisión de la condena era, con la ley coránica en la mano, improbable.
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