Si atendemos al juicio de John Campbell, uno de los mejores biógrafos de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, para quien su objeto de estudio habría sido la figura pública más admirada, más odiada, más idolatrada y más vilipendiada de la segunda mitad del siglo XX
, lo que propone La Dama de Hierro (The Iron Lady), de la realizadora inglesa y directora teatral Phyllida Lloyd (Mamma mia, 2008), es una aproximación muy subjetiva, marcadamente sentimental, sorprendentemente apolítica, de un personaje carismático y complejo. Un trabajo en definitiva poco satisfactorio para los detractores de la política autoritaria y también para quienes, por razones insondables, pudieron sucumbir al encanto de su personalidad llamándola insistentemente Maggie, como manera afectuosa de atribuirle las virtudes de una bienintencionada ama de casa deseosa de poner orden en el marasmo de la política británica.
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