Los partidos políticos están sometidos a la ley del hierro de las oligarquías planteadas, en 1911, por Robert Michels, quien estudió a fondo la organización de la Socialdemocracia alemana, el más grande y poderoso partido obrero de la época, que lideró la II Internacional socialista, fundada por Federico Engels. Su tesis se basa en el postulado “donde hay una organización, siempre hay una oligarquía, y el funcionamiento de los partidos de masas exigen la paulatina profesionalización de los dirigentes”, en el fondo, el Comité Central dominando a los militantes y, la Comisión Política supeditando al anterior; en definitiva, el líder se apropia del partido.

Tal parece que cierto sector de la prensa estadounidense observa la realidad a través de un cristal empañado y así se la trasmite a su población en un intento por hacerle creer que lo rojo es verde. El tema Cuba es un diáfano ejemplo.
El gobierno de Chile está participando activamente en la campaña internacional que intenta derrocar al gobierno democrático de Venezuela. La operación, desde luego, la dirige la Casa Blanca y en ella participa incluso el Pentágono. El encargado de implementarla en Chile es el canciller Heraldo Muñoz, que cumple su misión con singular dedicación. Ciertamente no podría actuar de ese modo si no contara con el visto bueno de la presidenta Michelle Bachelet, responsable de la conducción de la política exterior del país. Apoyan la política injerencista de Chile los partidos que se identifican con la oposición golpista venezolana, entre los cuales destacan la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.

Ha nacido una nueva derecha adecuada a los tiempos extractivos y de expolio-piratería contra los pueblos; una derecha posterior al Estado del bienestar, que ya no aspira al desarrollo, sino a consolidar las desigualdades, la segregación de la mitad pobre, mestiza, india y negra de nuestro continente. Una derecha implacable formada en el rechazo a lo popular, a la soberanía nacional, a las leyes y las constituciones.
Nunca antes había quedado tan nítido el interés de los partidos y de la clase política por aferrarse al poder sin saber a qué objetivo servir. Aunque son contados con los dedos de la mano, existen algunos dirigentes que habiendo alcanzado altos cargos en La Moneda o el Parlamento, posteriormente desistieron de seguir en carrera y se retiraron a la vida privada. 
