El viejo vientre inmundo de la extrema derecha puede seguir pariendo monstruos, advertía Bertolt Brecht. Ahí están, para probarlo, los neonazis italianos que homenajean al nazi Priebke, quien asesinó a 335 italianos en las Fosas Ardeatinas en Roma; los neonazis griegos de Aurora Dorada; el crecimiento de la extrema derecha en los países nórdicos y en Francia, detrás del Frente Nacional (FN) de Jean-Marie y Marine Le Pen, e incluso el tea party estadunidense. La xenofobia, el racismo, el antisemitismo, el chauvinismo, la demagogia, el liberalismo extremo, el rechazo a la solidaridad social, a la justicia social, al socialismo, caracterizan a estos movimientos que dicen combatir al gran capital aunque lo sirven y, como Hitler cuando bautizaba socialista a su nacionalismo y adoptaba una bandera roja o Mussolini con su República Social, intentan agitar tradicionales banderas de la izquierda para lograr popularidad y practicar una política reaccionaria.



El presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha destrozado los sueños del imperialismo y la derecha, que apostaban a su incapacidad para mantener la unidad y el rumbo revolucionarios del chavismo.


Evelyn está convencida de algo: que todo el mundo la quiere. Asimismo cree otra cosa: que será presidenta del país más lindo del mundo. Así nada más. Y así nada más lo repite día a día y de cara al espejo que no devuelve ese rostro claro y aterciopelado que ostensivamente los del equipo de asesoramiento licúan en Photoshop, sino un lamentable estropajo de arrugas. “Espejito, espejito, ¿Quién es la mujer más bella del reino? Y el espejito responde: Michelle”. Lástima. Una calvicie incipiente amenaza a la candidata por el PUEBLO, Evelyn. No obstante Evelyn, la dama de cobre, tiene un compromiso político: ella se tiñe la pelusilla negra que le aparece en la frente, en los mofletes, debajito de la nariz, por ahí por el mentón. Fin.

Las 50 medidas de Bachelet en sus eventuales primeros 100 días de gobierno aparecen en medio de un cuestionamiento natural frente a una candidatura en las que muchos se frotan las manos por volver a administrar el neoliberalismo y la institucionalidad de la dictadura sin tener un programa concreto. Porque convengamos, este “esquema” no plantea ninguna de las transformaciones que exige el movimiento social y refrenda que los problemas serán solucionados con paneles de expertos y congresistas entre cuatro paredes.