
Sebastián Piñera es uno de los Presidentes más superficiales que han pasado por nuestra historia: dueño de una crasa ignorancia – dudo de que haya leído un libro profundo durante su vida, salvo los autoayuda que le ha puesto en sus manos su esposa, Cecilia Morel, aunque dudo que los haya entendido, pues se chasconea con las letras, que forman parte de algunos de sus enemigos – en cultura general, pues ha dedicado su vida sólo a ganar dinero. El único caso de de intelectual y especulador que se me viene a la mente es Voltaire, que se dedicaba a atesorar dinero con la venta de pertrechos al ejército francés. Además de ser un poco ignaro nuestro héroe tiene un enorme ego, característica útil para convertirse en líder de la derecha mercantil chilena.
La VIII Cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) efectuada la semana pasada en Guayaquil y en Quito, Ecuador, reviste extraordinaria importancia.
Al recibir la presidencia pro tempore de la UNASUR en nombre de Uruguay, Pepe Mujica pronunció un discurso realmente fuera de serie, que ha dado la vuelta al mundo en todos estos días. No solo por su contenido esencial, sino además por su tono, marcado por su impronta personal, su estilo directo y llano, su honestidad, su humanismo profundo, su amor a la gente. Él se emocionó ante el sentido homenaje que le estaba tributando el presidente Rafael Correa y todo el amplio auditorio que lo ovacionó; pero a la vez emocionó a sus oyentes de todo el mundo. Es una pieza oratoria que quedará en la historia. Telesur contribuyó de manera significativa a que adquiriera amplia repercusión internacional. Yo pude escucharlo íntegramente a través de ese medio, lo mismo que el discurso antes mencionado de Lula.
La Nueva Mayoría se está cociendo en su propia salsa: nunca entendieron que en Chile se hacía imprescindible contar con una pluralidad de medios de comunicación que permitieran la expresión de las distintas concepciones ideológicas. Muy por el contrario, este conglomerado ha hecho todo lo posible para impedir el surgimiento de medios de comunicación que no dependan sólo de la derecha – el caso Clarín es un ejemplo emblemático para iluminar esta situación -, pues todos los intentos para evitar que el avisaje fiscal favorezca el monopolio de la Prensa no han arrojado ningún resultado – baste recordar la Comisión encabezada por el otrora diputado Marco Enríquez-Ominami -.
La publicación del Informe del Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos dado a conocer días pasados describe con minuciosidad las diferentes “técnicas de interrogación” utilizadas por la CIA para extraer información relevante en la lucha contra el terrorismo. Lo que se hizo público es apenas un resumen, de unas 500 páginas, de un estudio que contiene unas 6.700 y cuya primera y rápida lectura produce una sensación de horror, indignación y repugnancia como pocas veces experimentó quien escribe estas líneas.[1] Los adjetivos para calificar ese lúgubre inventario de horrores y atrocidades no alcanzan a transmitir la patológica inhumanidad de lo que allí se cuenta, sólo comparables a las violaciones a los derechos humanos perpetradas en la Argentina por la dictadura cívico-militar, o las que en el marco del Plan Cóndor se consumaron en contra de miles de latinoamericanos en los años de plomo.

Nada más indignante los millones de pesos que circulan en la política, que se contrasta con la vida miserable del 75% de los chilenos, que apenas devengan un salario de $300.000 mensuales y, cuando la suerte los acompaña logran un trabajo, así sea precario, reciben un mísero reajuste. Con mucha razón, esta desigualdad entre la opulencia de los políticos y la pobreza de las personas comunes y corrientes, está provocando una ola de indignación que, el día menos pensado, puede terminar en un quiebre social de la precaria y débil democracia chilena.
Desde hace unos meses en Chile ha surgido una nueva teoría de la política y la democracia. Nada menos.