
Mirar la crisis del país como mero embrollo nacional es un error enorme. Hoy nada ni nadie escapa a las dinámicas y sinergias globales. En este sentido la ineficacia de la clase política mexicana corre al mismo ritmo de su falta de visión, su estrechez de criterios y su mediocridad intelectual. No se ve en el panorama dirigente ni partido político alguno con la capacidad de análisis de la compleja situación del mundo y, en consecuencia, capaz de ofrecer alternativas viables, eficaces y sensatas a la problemática nacional en el contexto global. La crisis de México no es sino un caso particular, peculiar y cruento de lo que está sucediendo a escala planetaria. Su tragedia, su estancamiento y su deterioro son la expresión, en este pedazo del planeta, de una crisis mayor, de una crisis de civilización.

¿El lenguaje socialista es una comunicación dirigida a los mismos socialistas?
Tengo la fundada sospecha que el gobierno ante la legítima presión ciudadana por justicia en materia de DDHH desvía la atención en una a suerte de defensa oblicua de la impunidad. Creo haber demostrado suficientemente en un artículo anterior que esta última ha recibido un aporte permanente y significativo de la concertación.
No hay devoto más necio que un ateo recalcitrante. Y viceversa. El uno piensa que el peaje al reino de Dios es negociable. El otro cree que negar su existencia es más fácil que pasar por el ojo de la aguja. El primero enaltece lo intangible, el alma, lo espiritual. El segundo, lo concreto, el cuerpo, lo material. Flojera de mollera que, en ambos, doblegan los atributos (¿divinos?) de su razón.
La Revolución Francesa de 1789 representa sin duda un momento histórico crucial para entender el sistema político y social en el cual nos encontramos hoy. No por nada una multitud de políticos se dicen admiradores o seguidores de un proceso que marcó el fin de la monarquía y el inicio del sistema político actual, el gobierno representativo.