
A quienes me leen, pido disculpas por esta crónica disparatada, donde se juega con la ambigüedad. A quienes no me leen, los invito a hacerlo, convencido de ganar su aprecio. Bien es sabido que el candidato a la prescindencia para gobernar a Chile, por reputación y doctrina, se llamaba Augusto Pinochet. Sí, el mismo que juraba lealtad al presidente Allende. Cuando aceptó serlo, más bien impuesto por oligarquía, un corresponsal extranjero le habría preguntado, si era ateo. Pinochet, sin pensar demasiado en la respuesta, pues tenía respuestas para todo, reveló mientras se acomodaba los puños de la camisa: “¿Cómo voy a ser ateo, señor periodista, si soy Dios?”


“Buenas tardes… oiga don Juan, primero que nada quiero expresarle mi profunda solidaridad, aprecio y admiración por la lucha que está dando por la democracia en Venezuela en condiciones tan adversas… usted sabe que no va a ser fácil esta transición… Juan, cuente con nuestro total apoyo, mantengámonos en contacto y estoy a su disposición”.
Puede parecer una contradicción, pero es una perfecta coherencia de esta fusión entre la adoración de los mercados desregulados con las tradiciones, conservadas cual reliquia, por las oligarquías. Es el núcleo que inspira desde la Cota mil al barrio El Golf y La Dehesa, representado cada día con más claridad por el gobierno de Sebastián Piñera. No hay incoherencia, aun cuando lo sea, en la iluminación de las derechas y en su continuidad con el modelo neoliberal, hoy post neoliberal. Liberalismo en materias económicas y comerciales, y conservadurismo. La supuesta racionalidad de los mercados, tan voceada y argumentada por economistas y otros oficiantes de las finanzas, se estrella con la fuerza de las elites por imponer sus ideas. Si otrora estuvieron bajo la señal de la cruz, hoy lo están bajo otros mitos, amparados por sus medios de comunicación y la violencia de las instituciones.

Mis dos hijos, Rafael e Ignacio, estudiaron en el Colegio subvencionado Regina Pacis y, entre sus compañeros había alumnos de la antigua población Lo Hermida, tal vez sacada por Pinochet para que no se vieran rotos en los alrededores de las comunas ricas. Cuenta Rafael que un compañero vivía en un bloque de “bien”, mientras que en el del frente lo habitaban delincuentes y marihuaneros.
El respeto republicano del que goza la ultraderecha, y que es observado por casi todos, hace pensar que se trata de personas de convicción democrática, respetuosas del pensamiento ajeno, tolerantes y de ánima no violenta.